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La familia Martínez tiene un conflicto que tal vez pocas familias tienen. Hace nueve años conviven con un pariente en estado vegetativo. Virginia, la única hija, ha decidido mantener al padre en casa, apoyada en un principio por su cónyuge (que con el correr de los años ha empezado a estar harto de la situación). Sus hermanos varones (Víctor y Venancio) se han desentendido del problema, y para evitar confrontarse con Virginia y su esposo evitan el encuentro tanto como les es posible. En cierta forma, estos nueve años el padre de los Martínez ha ido separando cada vez más a la familia.

 

                     Su problema llega a los extremos, pero en cierta medida refleja cualquier otro conflicto de esos que separan a las familias, en cualquier rincón de nuestro continente. Uno de esos espantosos secretos con que se suele bromear, porque si algo tenemos en común los latinoamericanos, es la capacidad de enfrentar los peores momentos con humor. Sabemos reírnos de nuestras propias desgracias.

 

                     LA LECHUGA tiene lugar en una sola noche en la vida de estos personajes. Una noche que se repite en sus vidas desde hace nueve años, y que cada vez se hace más terrible y cargada. Su “desgracia” comenzó el día que su padre (ya bastante mayor) decidió operarse de cataratas en una clínica de la ciudad. Un error en la anestesia lo dejó en “vida vegetativa”, y desde ese día se convirtió en una carga para sus hijos, y en el elemento central de su desunión y sus desavenencias… y ¿por qué no decirlo? también de su unión, porque sea para pelear, o para insultarse… es la presencia de ese padre “que ya no está” lo que no les permite alejarse unos de otros.

 

                     La estructura del guión es casi teatral. Hay pocos espacios en la historia, porque la vida de estos personajes está limitada. La “enfermedad” del padre se ha convertido en su prisión, en su frontera. Ha trazado una línea infranqueable que parece decirles permanentemente que no tienen chance de escapar, que nunca podrán ir “más allá”

                    

Todos sueñan con que el problema acabe por sí mismo, sueñan “con la muerte de papá”… pero en el fondo saben que esto tampoco les resolverá el problema, porque en estos nueve años son muchas más cosas las que han muerto entre ellos: ha muerto el afecto, los vínculos familiares, y sobre todo el respeto que pudieran tenerse unos a otros.

                     En esta larga e intensa noche sale a flote todo el rencor, las culpas pasadas, no hay secreto que no sirva al propósito de agredir. Los cinco personajes se meten en una trampa que ellos mismos se han construido, y que aún avisados de la batalla que va a librarse, no son capaces de escapar de ella. Es una guerra avisada que se libra cada año, en la misma fecha, y cada vez en peores circunstancias.

 

                     Pero nunca debemos perder de vista que a pesar de lo dramático de la situación planteada, se trata de una comedia… tal vez negra y cruda, pero comedia al fin. El tema de la eutanasia, que está latente durante todo el relato, y sale a flote en sus últimas páginas, es solo la consecuencia de una larga y devastadora agonía. Es la muerte como escape, no como solución, porque el problema ya no tiene vuelta atrás. Como dice uno de los personajes en una de las escenas: “ellos nunca volverán a ser familia”

 

                     La familia Martínez, con sus fobias particulares y su idiosincrasia tan latinoamericana, son el reflejo (tal vez caricaturizado en el extremo) de tantas familias de la clase media, que viven por encima de sus posibilidades, gritando en privado lo que disimulan en público, y viendo en el vecino el error que no quieren reconocer en ellos mismos. Son una familia “normal” aunque vivan una situación “anormal”… sobre todo porque el tiempo ha hecho que se acostumbren a su “anormalidad” y empiecen a creer que no existe otra manera de vivir.